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Política bipolar

Opinión de Víctor Cortecero

A principios del siglo XXI todavía resulta habitual que sectores políticos con visiones políticas muy lejanas entre sí, o incluso con una fuerte incompatibilidad programática, se proclamen como legítimos representantes de los valores de eso que se viene llamando “izquierda” o “derecha”, o acusen a otros de ser o dejar de ser los herederos de alguno de esos polos del espacio político.
Un espacio político que es así expresado en dos tendencias que supuestamente se oponen de forma equidistante a un punto intermedio que curiosamente parece estar carente de contenido en la medida en que no se acerque a alguno de estos dos polos; un espacio unidimensional limitado en sus extremos por dos puntos. Una línea, en definitiva, con la derecha en un lado, la izquierda en el otro, y en el medio el centro político, que suele expresarse como si tan sólo fuera un espacio de atenuación, de moderación.
¿Es válida esta visión tan simple de la política? Ya que estamos hablando de “espacio político”, y dada la compleja evolución de las diferentes corrientes ideológicas y las distintas ramificaciones que de ellas han surgido durante los últimos tiempos, ¿acaso no se ha producido una centrifugación de esa línea izquierda-derecha hacia nuevos espacios o dimensiones?
¿No sería posible dar un nombre a esos nuevos espacios? Espacios llenos de recovecos en los que las líneas políticas se desbordan pero se entremezclan, que no sólo se dispersan, sino que vuelven a encontrarse, convergen en los diferentes puntos de la espiral que trazan.
En el ámbito filosófico, o en el ámbito artístico, aún resulta muy frecuente la proliferación de nuevos términos con los que expresar la apertura hacia una nueva corriente, y a lo largo del siglo XX fue muy común esta invención de nuevos términos, para significarse como vanguardia o como algo novedoso, aunque en realidad fuera más el producto de una evolución que el de una ruptura; pero precisamente para certificar esa pretendida ruptura parecía necesario crear una nueva denominación, auto-denominación en muchos casos, que era como la colocación de una bandera a modo de conquista de un nuevo territorio entre caminos que se bifurcan sin cesar.
Bien es cierto que en la actualidad tanto dentro de la izquierda como de la derecha se incluyen familias con diferentes denominaciones; pero a pesar de pretender representar en algunos casos matices de ruptura con esta concepción unidimensional habitualmente los ideólogos de esas familias políticas aseguran no salirse de los límites de alguno de esos dos polos, siguen considerándose todavía de “izquierdas”, “centro-derecha”, etc., por lo que la identificación de los partidos políticos con alguna de estas corrientes no parece representar el reconocimiento del rebosamiento de este cauce.
Por otra parte en bastantes democracias de representación parlamentaria se ha establecido un sistema de reparto de escaños tras los sufragios en el que se favorece a los grupos que obtienen mayor número de votos, dándose una situación de bipartidismo fáctico en la mayoría de estos países en la que cada uno de estos dos partidos suelen considerarse representantes de la izquierda atenuada y de la derecha atenuada.
Al mismo tiempo esos dos grandes partidos que se enfrentan entre sí en los hemiciclos, obtienen una serie de ventajas institucionales y mediáticas de cara a la campaña electoral siguiente que propicia que vuelvan a obtener una representación parlamentaria tan amplia que hace que se turnen en el ejercicio del poder sin dejar apenas opciones a otros partidos, que también dentro del mismo ruedo ideológico, o mejor dicho, “pasillo” ideológico, pugnan por representar a cada uno de los polos de esa línea unidimensional izquierda-derecha.
Parece evidente que buena parte de la opinión pública parece tener asumida esta concepción de la política. Se apela a la estabilidad que ofrece el bipartidismo, se decide y se debate el voto en función de la “utilidad”, entendiéndose por “voto útil”, no aquel que va dirigido a un partido que ha diseñado un programa “útil” para la ciudadanía, sino aquel que va a parar a alguno de los dos grandes partidos en pugna. Del mismo modo la población se proclama de “izquierdas” o de “derechas”, más cerca o lejos del “centro” según el caso, y tratando de identificar si sus propias ideas o las de otras personas con las que puedan debatir sobre política se acercan en mayor o menor medida a alguno de estos dos puntos, dando en función de ello su aprobación o reprobación de las mismas.
Parece inevitable preguntarse si ese bipartidismo del sistema al que me refería es el que propicia que los partidos políticos no se atrevan a dar el salto que traspasa esa bipolaridad en las definiciones de las ideologías políticas ayudando a perpetuar con la influencia que ejercen esa visión unidimensional de la política entre la opinión pública. Si resulta ser de este modo un cálculo de interés electoral. O si por el contrario nuestros políticos, aparte de lo que demuestren en su vertiente más mediática, también tienen interiorizada esta visión de la política. Parece sensato creer que ambos factores habrán de darse de forma simultánea, prevaleciendo en algunos casos el uno más que el otro.
Aunque independientemente de cual sea la causa, no deja de ser factible que algún partido político tenga capacidad y osadía para romper de verdad con esta “línea”. No sólo como el reconocimiento de una realidad ni como un acto definitorio, sino como el encuentro con idearios y programas políticos que al haber sabido escaparse de esa constricción tengan mayor capacidad para dar nuevas soluciones a los nuevos problemas de la ciudadanía.
En el caso de España, el bipartidismo también es predominante, al menos en lo que se refiere a los partidos de ámbito nacional o estatal, y del mismo modo en la referida concepción unidimensional, aunque parece que empieza a asomar algún partido que quiere dar un paso al frente hacia una nueva forma de entender la política.